¿Te has preguntado alguna vez por qué juzgas tanto a la gente?

by Allen Watson

¿Te has preguntado alguna vez por qué juzgas tanto a la gente?

Todos lo hacemos. Nos proponemos no juzgar ni criticar a otros, pero después alguien hace algo que es aberrante y simplemente no podemos evitar expresar nuestra indignación. No queremos juzgar a las personas con las que tenemos una estrecha relación, pero cuando siguen haciendo la misma cosa enervarte día tras día, ¿cómo vamos a poder dejar de señalar su defecto?

Hay una lección de Un Curso de Milagros® que dice "Hoy no juzgaré nada de lo que ocurra" (L-pII.243.Título). Cualquiera que haya tratado de poner eso en práctica, y vigila su mente honestamente, no solo sabe lo difícil que es sino lo aparentemente imposible que es mantener esa promesa. ¿Qué tiene el juicio que lo hace tan difícil de soltar?

"Es curioso," dice Jesús, "que una habilidad tan debilitante goce de tanta popularidad." (T-3.VI.5.7) El juicio es muy debilitante, ¿no es cierto? Nos cansa físicamente, porque es tan estresante (T-3.VI.5:1-6). Nos sentimos obligados a pronunciar nuestro juicio y corregir los errores del mundo a nuestro alrededor, una tarea ardua, incluso desagradable que nos drena la energía. No obstante, como dice la cita de arriba, lo atesoramos. Elegimos juzgar constantemente, y consideramos la idea de abandonar el juicio un insulto personal. ¿Por qué? ¿Por qué queremos juzgar a otros cuando el efecto que tiene en nosotros es tan negativo?

El origen del juicio

El Curso dice que nuestro apego al juicio surge de nuestro conflicto con Dios acerca de quién nos creó:

"No obstante, si deseas ser el autor de la realidad, te empeñarás en aferrarte a los juicios." (T-3.VI.5.8)

El Curso llama nuestra atención todo el tiempo para señalar las diversas maneras en que los detalles de nuestra vida, tan mundanos aparentemente, reflejan una realidad más amplia. Las cosas que creemos que en realidad no tienen ningún significado espiritual indican con claridad qué es lo que está sucediendo en el nivel espiritual. Por ejemplo, el Curso señala que todas nuestras relaciones reflejan nuestra relación con Dios de una u otra manera. En particular, la forma en que nos relacionamos con las personas que están en cargos de autoridad es la imagen de cómo nos relacionamos con Dios. Y el Curso sostiene que nuestro conflicto con la autoridad es el origen de todos nuestros juicios. Veamos cómo es esto.

Piensa por un momento en los diversos tipos de figuras de autoridad que hay en tu vida. ¿Cómo te sientes con ellos y cómo te relacionas con ellos? Unos ejemplos típicos son:

  • jefe
  • padres
  • policía
  • maestros
  • figuras políticas
  • líderes religiosos

¿Puedes pensar en alguno más?

En realidad cualquiera puede ser una figura de autoridad para nosotros. Lo único que hace falta es que exprese una opinión que parece afectarnos y al que le demos importancia.

¿Cómo describirías tus sentimientos y tus pensamientos en relación con figuras de autoridad, en general y con relación a figuras de autoridad en particular? Al pensar en varias figuras de mi vida, hice una lista de las reacciones diversas que tuve ante ellas. ¿Encuentras tu respuesta en la lista que yo hice a continuación? Si no, ¿cómo lo describirías?

  • Me molesta la figura de autoridad.
  • Respeto…
  • Tengo miedo de…
  • Admiro…
  • Me resisto a…
  • Critico…
  • Pienso que todas las autoridades son malas o innecesarias.
  • Creo que las autoridades son útiles y necesarias.

A medida que consideras cómo reaccionas ante varias autoridades, considera cómo de alguna manera son reflejos tus reacciones ante la autoridad de Dios. A medida que haces estas comparaciones, será de ayuda que entiendas algo más acerca de cómo el Curso considera nuestra relación con la autoridad de Dios, y cómo está conectado con nuestro amorío con el juicio. Explorémoslo con más profundidad.

El problema de autoridad

La primera sección del Capítulo Dos del Texto ("Los orígenes de la separación") nos habla del proceso por el cual hicimos un mal uso de nuestra habilidad de extender o crear como Dios y en su lugar proyectamos una ilusión. Esa ilusión consistió principalmente de la creencia que podíamos cambiar lo que Dios creó y efectivamente convertirnos en nuestros propios creadores. Una forma de describir nuestro error fundamental es: creemos que hemos reemplazado a Dios como nuestro propio creador o "autor." No queremos reconocer a Dios como nuestro Autor (la Autoridad suprema) porque hacerlo sería admitir que no nos hemos creado a nosotros mismos, ni podemos hacerlo. El ego no puede tolerar esta noción porque, si fuera verdad, significa que el ego en realidad no existe.

La enseñanza del Curso acerca de las figuras de autoridad surge de la comprensión de la aversión básica del ego hacia la autoridad de Dios. Sostiene que cada problema de autoridad que tenemos en el mundo, sea cual fuese, es sólo un reflejo de este problema de autoridad básico y fundamental que todos tenemos con Dios. En el Curso, la frase "el problema de la autoridad" es sinónima de nuestra creencia que hemos usurpado el poder creador de Dios, y que lo hemos reemplazado como nuestro propio creador (ver T-3.VII.4:1; T-5.V.3:3; T-11.In.2:2-8).

¿Qué tiene que ver esto con nuestra costumbre diaria de juzgar? Primero, y muy sencillamente, juzgamos porque nos convierte en "el autor de la realidad". (T-3.VI.5.8) Al juzgar, estamos decidiendo qué es cada cosa. ¿No es eso lo que sentimos cuando juzgamos? Sentimos que cuando formulamos nuestra opinión, estamos determinando la verdadera naturaleza de la realidad. Juzgar es un juego innato y bastante obvio de representar a Dios. Cuando asumimos el papel, empuñamos el martillo y nos sentamos en el sillón enjuiciador, hemos tomado el lugar de Dios. Ahora la realidad la dictamos nosotros.

Pero una vez que nos hemos nombrado como juez, ¿qué sucede cuando otros jueces entran a nuestra sala y comienzan a golpear sus martillos, y pronuncian sus juicios? Se convierten en jueces competitivos, que amenazan con socavar nuestro rol por completo. Entonces, en segundo lugar, juzgamos porque para mantener nuestro lugar como autoridad suprema, debemos juzgar en contra de toda esta competencia. Debemos evaluarlos y encontrar falta en ellos para justificar la elección de nuestra propia autonomía. Nuestra regla debe ser mejor que todas las demás. El Curso dice que todos inventamos nuestra propia verdad y nuestro propio sistema de valor, y agrega, "Cada cual establece esto para sí mismo, y le confiere realidad atacando lo que otro valora." (T-23.II.2.4)

Según el Curso, inconscientemente vemos a estas figuras de autoridad terrenales como si fueran Dios disfrazado. Si su autoridad puede demarcarnos entonces es como si Dios nos hubiese derrotado. Su Autoridad ha llegado hasta nosotros y nos echó del estrado. Hemos perdido nuestra batalla con Dios, y volvemos a ser Su peón. Entonces, para ganar nuestra batalla con la autoridad de Dios, tenemos que derrotar a estos otros jueces. Es como si estuviéramos en campaña contra ellos por el cargo. Tenemos que establecer que ellos tienen un desempeño pésimo y un carácter cuestionable. Tenemos que demostrar que no merecen el cargo de juez, y nosotros sí. Por lo tanto, juzgamos en contra de ellos.

Cuando nos damos cuenta que pensamos algo crítico de otra persona o nos rebelamos contra una autoridad terrenal, probablemente no se nos ocurriría pensar, "¡Acá estoy de nuevo, protestando contra la autoridad de Dios y rechazándolo como mi Creador!" Pero nuestros juicios acerca de los demás son síntoma de nuestro rechazo de Dios como Creador. Juzgamos a los demás porque queremos. Nos hace sentir superiores; da validez a nuestra autoridad independiente. (Bueno, es un decir.) En pocas palabras, infla nuestro ego y nos "defiende" contra Dios.

Para apuntalar a nuestro ego, queremos percibir diferencias. Cuando juzgamos, hemos elegido no saber el valor verdadero de nuestros hermanos. Imaginamos que cuando juzgamos a alguien, estamos juzgándolos porque percibimos algo en ellos que está mal. Es al revés. Percibimos algo malo en ellos debido a que hemos elegido juzgar. Vemos lo que queremos ver (T-25.III.1:3-4). Recuerda: la mente es la causa; el mundo de percepción es el efecto. Nos hemos enseñado exactamente al revés: que lo que percibimos causa nuestro juicio. En realidad, haber elegido el juicio es lo que causa nuestra percepción, y nuestro rechazo de la Autoría de Dios es la causa de haber elegido el juicio. ¿Qué efecto tendría que recordaras "Estoy eligiendo no conocerlo" cada vez que te des cuenta que estás juzgando a alguien? Porque eso es lo que estás haciendo. "De hecho, pierdes el significado de lo que ellos son precisamente porque los juzgas." (T-3.VI.3.3)

Todos nuestros juicios se pueden rastrear al deseo de crearnos nosotros mismos o de usurpar el poder creativo de Dios. Queremos ser independientes de Dios, ser nuestra propia autoridad. El ego quiere ser autónomo. Ese es el problema de autoridad original; es el origen de todos los problemas de autoridad en nuestras vidas – la constante lucha con el jefe, los padres, los hijos, el gobierno, las organizaciones, líderes, iglesias, gurúes, incluso con Jesús. Todos nuestros juicios surgen al tratar de mantener nuestra autonomía, nuestra independencia. Juzgamos a las figuras de autoridad porque estamos tratando de creer en nuestra independencia. Nos resistimos a reconocer la autoridad de nadie, sea de la forma que fuera. Encontramos defectos en nuestros amigos y familia. Sentimos un placer contaminado cuando sabemos de alguna figura pública envuelta en un escándalo. Cualquier oportunidad es buena para sentir que estamos en lo correcto, que somos superiores a otros, más competentes, autosuficientes e independientes. Es una actitud que tenemos unos con otros porque estamos intentando independizarnos de Dios. El ego insiste que es independiente y que es el origen de su propia existencia; no puede aceptar que Dios es la Fuente de todas las cosas.

La pregunta que hice al principio era: "Sabiendo que juzgar es algo doloroso, ¿por qué seguimos juzgando? Y la respuesta es: el problema de la autoridad. La causa de raíz de los juicios es nuestra disputa con Dios acerca de la autoridad. El problema de la autoridad es "la raíz de todo mal" (T-3.VI.7:2-3) que es una referencia al versículo de la Biblia que dice que el apego al dinero es la raíz de todo mal. Todos nuestros problemas, incluyendo nuestro apego a los juicios, surgen de este único problema; sólo otra manera de describir la creencia en la separación, o independencia de Dios. Tiene muchos síntomas, toma muchas formas, pero son todas la misma cosa. Aprender el Curso muchas veces significa aprender a reconocer este único problema en la raíz de lo que pensábamos que eran problemas no relacionadas.

En el afán de ser independiente, el ego ve a Dios y a todos los demás como competidores, luchando por tener nuestra autoría. A fin de rechazar estas reivindicaciones rivales debemos juzgar. Podemos rechazar lo que la Voluntad de Dios dispone para nosotros solamente si juzgamos en contra. Si aceptamos completamente la Voluntad de Dios, estaríamos otorgándole el derecho de dirigir nuestras vidas y dictar quienes somos, cosa que el ego simplemente no puede tolerar.

Terminamos proyectando nuestro problema con la autoridad de Dios en todos lo que tenemos alrededor. Tenemos un problema con su autoridad, o consideramos que ellos están abiertamente desacatando nuestra autoridad. Vemos estas cosas solamente porque los estamos proyectando. Nuestra creencia mental acerca de nosotros mismos causa que malinterpretemos lo que está sucediendo. Nadie está compitiendo por nuestra autoría, en realidad. Nuestra Autoría es indiscutible y no se puede cuestionar; somos la creación de Dios. Pero, rechazamos esa idea. Rechazamos la creación de Dios. Nos separamos de Dios (o elegimos creer que pudimos). Al intentar ser autónomos nos volvemos anónimos (T-3.VI.8:7), es decir, una persona sin un creador. Nos convertimos en "Creaciones Anónimas." Al haber rechazado la Autoría de Dios, el cargo de autor está vacante y parece razonable creer que de alguna manera nosotros somos nuestro propio autor. Estamos rodeados por "autores" competitivos, otros egos que tratan de renovar el mundo a su imagen. Por eso tenemos miedo. Por eso vemos que las amenazas provienen de "figuras de autoridad" en el mundo.

La vía de escape

¿Cómo nos podemos escapar de esta competencia? ¿Hay alguna manera?

Sí que lo hay. Nos estresamos y perdemos la paz debido a que juzgamos. Juzgamos porque competimos con Dios por nuestra autoría, y proyectamos esa competencia en el mundo. A través de los juicios, tratamos de representar al autor de la realidad, y descalificar a los demás autores potenciales. La vía de escape, por lo tanto, es deshacer todo ello. Se trata de dos sencillos pasos, en realidad:

1. Date cuenta que cuando juzgas estás tratando de ser el autor de la realidad, el árbitro de lo que es real. Estás tratando de jugar a ser Dios. "El sueño de juicios no es más que un juego de niños, en el que el niño se convierte en un padre poderoso, pero con la limitada sabiduría de un niño." (T-29.IX.6.4) Pero la realidad ya es como es. Tú no puedes hacer nada para cambiarla. Podrías decir:

-Yo no soy el autor de la realidad. Dios lo es.

O como dice el Curso:

-No permitas que hoy sea Tu crítico, Señor, ni que juzgue contra Ti. (L-pII.268.1.1)

2. Cuando las opiniones de otros acerca de ti o de acciones con relación a ti parecen tener un poder sobre quien eres, date cuenta que no pueden hacer eso porque Dios es tu Autor. Sus brazos son demasiado cortos para boxear con Dios. No pueden hacer nada para afectar quien eres porque Dios ya ha establecido tu realidad por toda la eternidad. Podrías decir,

-Mi hermano no es el autor de mi realidad. Dios lo es. Yo soy tal como Dios me creó, no como [nombre] me hizo.

Acepta a Dios como tu Autor, y reconoce el hecho que, como dice la Biblia, "él nos hizo y a él pertenecemos" (Salmo 100:3). Reconoce que la Voluntad de Dios y la tuya son lo mismo. Hacer la Voluntad de Dios pone fin a todo conflicto y pensamiento amenazador. Si tu ser es creado por Dios, nada lo puede amenazar; por lo tanto, el juicio no es necesario. Cuando sueltas las riendas, por así decirlo, te liberas de la necesidad de defender tu identidad y autonomía. Ya no eres el pastor que espanta a los lobos; Dios es tu Pastor, y tú simplemente una oveja, a salvo en Su cuidado.

Es fácil decir "Acepta a Dios como tu Autor" pero es difícil de hacer. Por eso el Curso nos da un programa de entrenamiento. Nos provee literalmente cientos de ejercicios tanto en el Texto como en el Libro de Ejercicios que podemos usar para volver a entrenar la mente para que acepte la Autoría de Dios para nuestro ser. El Libro de Ejercicios destaca la verdad que Dios nos creó, y que nuestro Ser continua sin cambio, exactamente de la misma forma en que Él lo creó; la idea se presenta en varias lecciones (94, 110, 162), se menciona en varias otras lecciones L-pI.93.7:1,2,6; L-pI.132.9:1-2; L-pI.139.11:3; L-I.191.4:2; L-pI.197.8:2-3; L-pI.201-220 (tema del Repaso VI durante veinte días), y también se menciona en el Texto ( T-23.I.7:2; T-31.VIII.5:2). La idea es una parte tan prominente del Curso que nadie puede poner en duda la importancia de esta idea en el programa del Curso para reestructurar nuestros pensamientos.

Cuando te das cuenta que estás juzgando a otra persona, acuérdate esta verdad que es un antídoto para el juicio. Di, "Yo soy tal como Dios me creó; él (o ella) es tal como Dios lo (o la) creó." Deja que la tentación de juzgar se transforme en una respuesta a un pedido de ayuda. Al recordar quién eres realmente, y de la seguridad que reside en ser la obra de Dios en lugar de la tuya, puedes liberarte del impulso de inflar tu ego mediante los juicios de los que están a tu alrededor.

Recuerda también el costo que significan los juicios: te quita la paz mental y te drena la energía. E inevitablemente, tu juicio rebotará hacia ti mismo (T-3.VI.1:4; T-12.VII.13:1). Di, "Cuando condeno a mi hermano me condeno a mí mismo," o "Recibiré lo que estoy dando." Convierte a los juicios en algo indeseable, algo del que deseas deshacerte.

Cuando hayas aceptado a Dios como tu Creador, en lugar de tratar de ser tu propio creador, encontrarás que "La paz es el patrimonio natural del espíritu." (T-3.VI.10.1) Puedes estar en paz, sin conflictos con figuras de autoridad o personas a tu alrededor que parecen estar tratando de manipularte. Puedes tener esa paz con solo saber quien eres, y lo sabrás cuando tengas la voluntad de aceptar la Autoría de Dios de tu vida. Cuando sabes que "Soy tal como Dios me creo" (Lección 110), sabes que ni tu ni nadie puede cambiar eso. Decide la cuestión de la autoría, y el miedo desaparecerá. Acepta la Autoridad de Dios en tu vida, y la paz será tu patrimonio.

Aceptar la autoridad de Dios no es una pérdida de libre albedrío. Nunca seré libre si paso mi existencia tratando de ser algo que no soy – ¡y eso es lo que todos hemos estado haciendo! El juicio nos aprisiona haciendo que seamos algo que no somos. El verdadero libre albedrío es aceptar la verdadera Autoría; es la libertad de la aceptación total de mí mismo tal como soy, como soy realmente.

La libertad verdadera no es tener la habilidad de hacer lo que te plazca; es la capacidad de elegir ser todo lo que eres en la verdad. Es la libertad de que tu Ser sea como Dios lo creó.

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