Recibir El Instante Santo

by Allen Watson

Receiving the Holy Instant, traducido por Rosa Hernández Mula,
con la autorización de The Circle of Atonement
Qué hacemos para impedir el instante santo, y cómo evitar hacerlo

El instante santo es una experiencia de gracia, un instante en el que dejamos de lado parte o toda nuestra identificación con el ego y nuestra creencia en la realidad del mundo que el ego ha proyectado, y permitimos que brille la realidad de nuestra verdadera identidad. Por un instante suspendemos nuestra fe en la ilusión, permitiéndonos experimentar la eterna realidad. Ya que es eterno, el instante santo es tanto un anuncio como un recuerdo: es un preludio del Cielo, un sorbo de eternidad, experimentada aquí en el mundo y en el tiempo (LE, p. 347; LE-l.169.12:3), y también es un recuerdo de nuestro estado original, tal como Dios nos creó (Texto, p. 388; T-16.VII.8:7).

Un Curso de Milagros nos urge a practicar el instante santo y a buscarlo (T-15.II.5:4; T-15.II.6:1; T-16.VII.11:1). ¿Por qué, para la mayoría de nosotros, el instante santo parece tan esquivo?¿Por qué esos momentos de gracia parecen tan escasos y distanciados? En la sección titulada La Pequeña Dosis de Buena Voluntad(1) (Texto, p. 424; T-18.IV), el Curso repasa una lista de al menos una docena de cosas, en nuestro interior, que bloquean nuestra experiencia del instante santo. (Todas las referencias, de aquí en adelante, son a ésta sección, a menos que se indique otra cosa).

Obstáculos al Instante Santo y Cómo Evitarlos

Los obstáculos al instante santo entran en una categoría muy amplia: todos ellos consisten en esfuerzos nuestros por hacer algo por nosotros mismos para conseguir lo que sólo el instante santo puede darnos. Pensamos que los obstáculos son las cosas negativas acerca de nosotros mismos, lo que esta sección denomina sombras. Cosas que parecen hacernos indignos del instante santo, cosas de las que intentamos deshacernos para hacernos más merecedores de él. De hecho, esto no son obstáculos en absoluto! El único obstáculo real es nuestra creencia de que tenemos que hacer algo más que desear recibir el instante santo como un regalo.

Pensar Que Necesitamos Hacer Más

El obstáculo que hay en nuestro camino de la experiencia del instante santo es nuestra creencia de que la simple buena voluntad no es suficiente, y que tenemos que hacer algo más que estar dispuestos con objeto de experimentarlo. Todo lo que se nos pide para experimentar el instante santo es que lo deseemos por encima de todo lo demás y estemos dispuestos a recibirlo; absolutamente nada más que eso (1:1-5). Pero si añadimos algo más, si pensamos que necesitamos hacer algo más, aparte de desear y estar dispuestos a recibir el instante santo, estamos en realidad -lo comprendamos o no- anulando nuestra buena voluntad y bloqueando el instante santo.

Recibir el instante santo es fácil y natural (7:1). El instante santo es un atisbo de nuestro estado mental natural, tal como Dios nos creó, una vez eliminada toda interferencia. No puede ser difícil experimental nuestra propia naturaleza! Lo hacemos parecer difícil, sin embargo, porque insistimos en que debe de haber algo más que tenemos que hacer (7:2). Erróneamente pensamos que tener que hacer tan poca cosa es personalmente insultante (7:4). Tan sutilmente que ni siquiera nos percatamos de que lo estamos haciendo, estamos afirmando que no podemos aceptarnos simplemente a nosotros mismos tal y como Dios nos creó, pero tenemos que tomar parte en determinar qué somos y cómo convertirnos en nosotros mismos. Estamos insistiendo en tomar parte en nuestra propia creación.

Estamos tratando de darnos lo que Dios nos ha dado ya, intentando producir por nuestros propios medios lo que sólo podemos aceptar de las manos de Dios en el instante santo. Este es el principio general que abarca nuestros bloqueos al instante santo: estamos tratando de darnos a nosotros mismos lo que sólo puede darnos el instante santo.

El antídoto a nuestro error de querer hacer más es nuestra comprensión de que hacer más ni siquiera es posible: es necesario que comprendas que no puedes hacer más (1:5). Es tu comprensión de lo poco que tienes que hacer lo que le permite a él darte tanto (1:10). Nuestra insistencia en hacer más es la consecuencia de nuestra creencia fundamental de que podemos cambiarnos a nosotros mismos y que ya lo hemos hecho, lo cual es la base de nuestra creencia en la separación. A causa de que pensamos que ya hemos hecho algo que alteró la creación de Dios, creemos que ahora es necesario que hagamos algo para remediar eso. Por lo tanto, reconocer que no podemos hacer más es la corrección a ambos errores: el error de pensar que hemos cambiado la creación de Dios, y el error de pensar que tenemos que volver a cambiarla. La creación de Dios no puede cambiarse. Permanecemos tal como Dios nos creó. Por lo tanto, no necesitamos hacer nada excepto estar dispuestos a aceptar Su creación de nosotros.

Para aquellos de vosotros que estéis familiarizados con el Nuevo Testamento, la distinción hecha aquí es muy similar al debate teológico cristiano de fe vs trabajo, o la doctrina de la salvación por la gracia, a través de la fe exclusivamente. La doctrina bíblica establece:

Pues de gracia habéis sido salvados por la fe, y esto no os viene de vosotros, es don de Dios; no viene de las obras, para que nadie se gloríe (Efesios 2:8,9).

Hablando de los judíos de su época, el Apóstol Pablo dice que, aunque ellos sentían entusiasmo por Dios, éste estaba mal emplazado; ellos buscaban afirmar su propia justicia (Romanos 10:3), en lugar de aceptar simplemente el regalo de la justicia proveniente de Dios. Al igual que nosotros, estudiantes del Curso, ellos intentaban hacerse santos para acceder a la Presencia de Dios en lugar de aceptar el regalo de santidad que nos otorga el instante santo.

Cualquier creencia de que debemos hacer algo más allá de estar dispuestos a aceptarnos a nosotros mismos como Dios nos creó, es el error original de separación disfrazado. Es la forma en que el ego mantiene la ilusión de separación intacta mientras aparenta ayudarnos a corregirla.

Confiar En Nuestras Buenas Intenciones

Una de las maneras en que reforzamos nuestra creencia en hacer más es decirnos a nosotros mismos que, puesto que nuestras intenciones son buenas, lo que estamos haciendo debe de estar bien. Nuestras buenas intenciones son lo máximo que estamos tratando de hacer. Tratamos de hacernos santos a nosotros mismos. La intención es buena; ¿no es también suficiente hacer lo bueno que estamos haciendo? Nuestras buenas intenciones no bastan porque son bondad falsificada, nada más que ego intentando elevarse a sí mismo para igualar la magnitud de Dios. Son un intento de darnos a nosotros mismos la santidad que sólo el instante santo puede brindar.

Pensamos que nuestros esfuerzos de hacer más tienen que funcionar porque estamos dedicados a ellos por una buena razón: experimentar el instante santo, para conocernos como hijos de Dios. A menudo subestimamos enormemente el poder de este argumento. Religiones enteras se han basado en él. En el nombre de Dios, hombres y mujeres han luchado durante siglos, incluso milenios, esforzándose por ser merecedores de Dios. Plegarias, sacrificios, castigos, autoflagelación y guerras santas han sido disculpados, e incluso honrados, en base únicamente a lo que parecían buenas intenciones ¡Luchar por la santidad tiene que ser bueno!¡Sólo tienes que ver la santa intención que hay detrás de ello!

Las buenas intenciones no son suficientes (2:1-2). Todos nuestros esfuerzos para cambiarnos a nosotros mismos con objeto de complacer a Dios están construidos sobre una base en desmoronamiento porque están fundamentados en la creencia de que podemos cambiarnos a nosotros mismos, lo que es la verdadera raíz de todo el problema. Son un esfuerzo velado para reemplazar la creación de Dios por la nuestra propia.

El antídoto a nuestra confianza en nuestras buenas intenciones es confiar completamente en nuestra buena voluntad (2:3). Completamente significa sin dudas o reservas en absoluto. Aquí la idea es la total confianza en nuestra disposición, sin añadidos. Significa no buscar alrededor algo con lo que reforzar nuestra confianza. Significa saber que sólo la buena voluntad (disposición) es suficiente, sin necesidad de nada más para hacerla digna de confianza.

A menudo oímos a la gente amonestándonos por confiar en nuestras buenas intenciones sin ninguna aclaración sobre en lo que sí podemos confiar. Dicha amonestación nos deja sintiéndonos muy despistados, ya que nada de lo que podamos hacer es digno de confianza. Nos preguntamos: Si no puedo confiar en mis buenas intenciones, en mis esfuerzos por ser santo, ¿en qué puedo entonces confiar? La respuesta es: podemos confiar en nuestra buena voluntad. Nuestra disposición es completamente digna de confianza, y podemos confiar absolutamente en ella, con total seguridad. En la búsqueda del instante santo, es esencial comprender ésto.

La buena voluntad es, sencillamente, receptividad. Estamos dispuestos a reconocer y aceptar lo que Dios nos ha dado en creación. Las buenas intenciones implican algo que debemos hacer; de alguna manera tenemos que trabajar para ganarnos el instante santo. La buena voluntad, sencillamente, deja que suceda. Es fácil confiar en nuestra buena voluntad cuando comprendemos que en lo que estamos confiando es en el regalo de Dios más que en nuestros propios esfuerzos.

La buena voluntad, o disposición, puede llevarnos al instante santo, pero puede hacerlo sólo si confiamos en ella sola, sin añadidos. Añadamos a la confianza algo más y habremos negado el poder de la buena voluntad. Cuando abandonamos nuestra fe en nuestras buenas intenciones, debemos trasladar esa fe en su totalidad a nuestra buena voluntad, y apoyarnos en ella como nuestra firme base.

Angustiados Por Las Sombras

La otra cara de nuestras buenas intenciones son nuestras intenciones no santas. No importa cuán puras podamos sentir que son nuestras intenciones, siempre estamos conscientes de una contracorriente en nuestras mentes, el lado oscuro de la fuerza, tomando prestada la frase de la serie de películas Star Wars (La Guerra de las Galaxias). Sentimos que, de alguna manera, tenemos que tratar con todas esas sombras (2:4) en nuestras mentes antes de que podamos recibir el instante santo, porque son claramente incompatibles con la santidad, pero lo contrario es cierto. Únicamente el instante santo puede sanar esas intenciones no santas; para sanarlas es por lo que llegamos a él.

¿Qué significa sombras? Puedo pensar en varios significados guiándome por mi propia experiencia. En primer lugar, están las sombras de la duda. Miro mi escasa buena voluntad y dudo de su poder; ¿cómo puede la simple buena voluntad ser suficiente para curar todas las enfermedades y problemas de mi vida? Creo que de alguna manera necesito llegar a la absoluta certeza antes de poder experimentar un instante santo. En mi mente, mi duda es lo que me está reteniendo y, de alguna manera, tengo que contrarrestar esta duda antes de poder recibir la gracia de Dios. Pero llevarme de la incertidumbre a la certeza es asunto del Espíritu Santo no mío (T-7.III.5:5). Uno de los propósitos del instante santo es eliminar mis dudas y darme certeza (MM-15.2:6,7, Manual, p. 43 y T-18.VI.13:6). No necesito certeza para llegar al instante santo; necesito el instante santo para llegar a la certeza.

Otra sombra es mi temor de que mi buena voluntad sea imperfecta. Cuanto más avanzo en la comprensión espiritual, más consciente me vuelvo de la resistencia que hay dentro de mí. Quiero ir a Dios, pero también me siento aterrado de él. Te diriges hacia el amor odiándolo todavía, y terriblemente atemorizado del juicio que pueda tener de tí (T-18.III.3:5).

Cuanto más honrado soy conmigo mismo, más comprendo que no estoy aún completamente dispuesto a recibir a Dios en mi vida, de que estoy fuertemente volcado en asirme al mundo y al cuerpo. ¿Cómo puedo confiar implícitamente en mi buena voluntad cuando está plagada de reservas?

Esta sección responde a mis preocupaciones muy claramente:

No necesitas que la fuerza de la buena voluntad provenga de tí, sino únicamente de Su Voluntad.

El instante santo no proviene de tu pequeña disposición solamente. Siempre es el resultado de tu pequeña buena voluntad combinada con el ilimitado poder de la Voluntad de Dios (3:7-4:2)

Es {el Espíritu Santo} Quien añade la grandeza y el poder (1:8)

La fuerza de nuestra buena voluntad n proviene de nosotros; proviene de Dios, a través del Espíritu Santo. Cuando alineamos nuestra voluntad en el grado más insignificante con la Voluntad de Dios, penetramos en el poder que creó el universo, exactamente como cuando impulsamos una piragua; cuando tomamos la dirección de la corriente del río, la fuerza total del río se suma a nuestro pequeño impulso. Somos transportados por Dios.

¡No tenemos que estar completamente dispuestos! Esta es la buena noticia. Un leve giro en Su dirección, una disposición minúscula, un ligero asentimiento a Dios, como dice el Texto (T-24.VI.12:4) es todo lo que necesita. El Espíritu Santo compensa todo lo que nos falta de buena voluntad, y nos brinda la Suya propia.

él solo necesita tu disposición a compartir Su perspectiva para dártela completamente. Y tu buena voluntad no necesita ser completa porque la Suya es perfecta. Su tarea es expiar tu renuencia mediante Su perfecta fe, y es Su fe lo que tú compartes con él en el instante santo. Como resultado de reconocer que no estás dispuesto a ser liberado, se te ofrece la perfecta buena voluntad de que él goza (T-16.VI.12:2-5).

¡Toma nota de estas últimas líneas!¿Qué es lo que capacita al Espíritu Santo para darnos Su disposición? Tu reconocimiento de no estar dispuesto. En el momento en el que, honestamente, admito mi no disposición, Su disposición es liberada hacia mí. cuando me enfrento sin miedo a mi poca disposición, favorezco mi buena disposición. Esto es todo lo que se requiere.

Una tercera sombra, quizás la más oscura de todas, es la culpa. Cuando pienso en llegar al instante santo, lo que parece más efectivo para alejarme de él es mi culpa acerca de todo lo que he hecho o dejado sin hacer. Soy consciente de lo pensamientos odiosos, mezquinos, que hay en mi mente; ¿cómo puedo esperar el experimentar un instante santo en este momento? Con toda esta oscuridad en mi mente, ¿cómo puedo experimentar la luz?

La culpa no es algo que pueda o deba alejarme del instante santo. Al contrario, la culpa, como todas esas sombras, es la auténtica razón de que vuelva al instante santo. En el instante santo, el Espíritu Santo elimina la culpa; es para lo que está. Tratar de pasar por alto o ignorar mi culpa antes de experimentar el instante santo es una completa locura, porque eliminar la culpa es la función del instante santo (T-18.V.2:3,4). Mantenerme alejado del instante santo porque me siento culpable es como negarme a ir al médico porque estoy enfermo. Más que una razón para alejarse del instante santo, la culpa es una razón para embarcarse en él.

El miedo y el odio son otras sombras que pueden aparecer en nuestras mentes, pareciendo nublar nuestra disposición al instante santo. Creemos, erróneamente, que el miedo y el odio en nuestra mente pueden bloquear en nosotros el instante santo; no pueden. La función del instante santo es eliminar nuestro miedo y nuestro odio (T-18.V.2:1,2). Tratar de eliminarlos por nuestros propios medios no funciona, y es sólo otra manera que el ego utiliza para impedir que nos acerquemos al instante santo, una forma de mantener vivos el miedo y el odio en vez de eliminarlos. Podemos llegar al instante santo con el homicidio en nuestros corazones. En realidad, ésta es exactamente la forma en que debemos traer nuestros pensamientos de asesinato si queremos que sean sanados. Querer que sean sanados es la clave. Si queremos que nuestros pensamientos sanen, los conduciremos al instante santo; sólo si queremos mantenerlos permaneceremos apartados de él.

Duda, buena voluntad imperfecta, culpa, miedo y odio; cada una de estas sombras que parecen una razón para vacilar son en realidad una razón para llegar a el instante santo. Despejar esas sombras es para lo que está el instante santo.

No te sientas angustiado por el hecho de que las sombras rodeen {tu buena voluntad}. Esa es la razón por la que viniste. Si hubieses podido venir sin ellas, no tendrías necesidad del instante santo.

La condición necesaria para que el instante santo tenga lugar no requiere que no abrigues pensamientos impuros. Pero sí requiere que no abrigues ninguno que desees conservar (T-15.IV.9:1,2).

No nos es necesario desembarazarnos de los pensamientos oscuros antes de llegar al instante santo. Es necesario que estemos dispuestos a que sean eliminados. No tenemos que cambiar nada para experimentar el instante santo, pero tenemos que estar deseosos de que todo cambie para nosotros.

Pensar Que Primero Tenemos Que Ser Santos

Tratar de hacer más, tratar de deshacernos primero de las sombras… ¿qué estamos tratando de conseguir con ello? Estamos intentando ser santos, antes de llegar al instante santo. El instante santo, después de todo, es santo. Por lo que pensamos que necesitamos ser santos para experimentarlo. Antes de que ese trocito de Cielo pueda llegar, pensamos que nos tenemos que preparar para él. Esto, obviamente, es una negación de que estamos preparados en este momento, que es lo que el Curso trata de decirnos. Cuando pensamos que primero tenemos que ser santos, estamos insistiendo en que hemos convertido la santa creación de Dios en no santa, y que tenemos que arreglar todo el lío antes de atrevernos a presentarnos ante Dios.

Querer hacernos santos a nosotros mismos, ¡suena tan bien! Pero, en realidad, es solamente el ego tratando de nuevo de usurpar el lugar de Dios. Dios nos creó santos; no hay necesidad de hacernos nada a nosotros mismos (5:4,5). El antídoto aquí es no trata de hacer algo acerca de nuestra imaginaria no-santidad, sino aceptarnos simplemente como si lo fuéramos (2:8,9).

Estar Satisfechos Con La Pequeñez

Otra forma que tiene el ego de tratar de convencernos para que nos mantengamos alejados del instante santo es engañarnos para que convengamos en aceptar una especie de falsa humildad (3:1,2). A veces la gloria del instante santo parece algo tan elevado que llegamos a convencernos de que, en total humildad, no deberíamos esperar obtenerlo. Aceptamos nuestra pequeñez. Pequeñez es un término que utiliza el Curso para la identificación con el ego. Estar satisfecho con la pequeñez significa, simplemente, que aceptamos nuestras vidas tal y como están. No esperamos instantes santos; mucho menos esperamos vivir una vida que sea un instante santo continuo. Nos decimos a nosotros mismos: No soy santo. Este tipo de experiencia no es para mí. Según el Curso, esto no es humildad, sino arrogancia. Es decirle a Dios que está equivocado con respecto a nosotros. él dice que somos dignos del instante santo, y nosotros lo negamos. él dice que estamos preparados para él; nosotros decimos que no lo estamos.

A menudo, nos ocultamos del instante santo porque pensamos que no lo merecemos. Esto no es un acontecimiento poco común; es una condición arraigada en nuestras mentes (3:3-5).

El Curso anima a una cierta insatisfacción santa. Más que animar a la insatisfacción dice que es necesaria: {La humildad} requiere que no te sientas satisfecho con algo menor a la grandeza que no proviene de tí (3:2). Nuestro deseo de experimentar el instante santo es lo que lo precede y nos prepara para él (1:1-3). Se nos pide que no estemos satisfechos con algo menos que nuestro total potencial como seres espirituales, como Hijos de Dios.

Si Dios nos creó, debió de crearnos dignos de ser Su morada. Nos creó dignos del instante santo. Por lo tanto, insistir en que no somos dignos es sólo una expresión del deseo del ego de ser algo que no somos. Somos dignos no a causa de algo que hayamos hecho; tampoco somos indignos a causa de algo que hicimos. Lo que hayamos hecho o dejado de hacer no tiene nada que ver con ello. Somos dignos del instante santo porque Dios nos creó dignos. Y punto. Podemos olvidarnos de esos sentimientos de indignidad y, sencillamente, ir al instante santo. Porque él nos invita. Porque él dice que, junto con él, somos del instante santo.

Pensar Que Necesitamos Prepararnos

Aquí está de nuevo la idea de convertirnos en santos, pero en palabras ligeramente diferentes. Todavía estamos pensando que necesitamos hacer algo más que estar dispuestos, pero en lugar de pensar que necesitamos primeros hacernos santos, disfrazamos la idea como algo más vago o más sutil. Nos decimos a nosotros mismos que necesitamos algo para prepararnos para el instante santo.

Yo a menudo caigo en este tipo de error. A veces mi estado mental parece tan poco santo, tan apagado, o tan frenético, que pienso que tengo que pasar por algún tipo de preparación para estar listo para el instante santo. He llegado a alejarme tanto de Dios que seguramente tardaré mucho tiempo en estar de vuelta. Pienso que estoy demasiado cansado, o demasiado deprimido, o demasiado agitado, para buscar el instante santo. Estoy presuponiendo algún enfermizo tipo de preparación o modificación necesario para poder hallar el instante santo. El antídoto a este pensamiento (¡o falta del mismo!) es que deshacer los estados mentales ilusorios es precisamente para lo que está el instante santo, y no hay mejor lugar al que pueda ir cuando mi mente está así. No necesito prepararme (4:3-10).

Invitarme a la necesidad de prepararme a mí mismo es otra trampa del ego. Está basada en la idea de que conseguir la paz está en mis manos. Esta es otra manera de usurpar la función de Dios. Dios ha establecido las condiciones para la paz; yo no tengo que hacer nada a excepción de estar dispuesto a recibirla.

No necesito convertirme en alguien diferente, en ningún sentido, para experimentar la paz de Dios. No tengo que esperar a nada. No tengo necesidad de calmarme antes. No tengo que contribuir al proceso en ningún sentido. Esto es lo que el ego no puede aceptar.

Convertirme en algo diferente, prepararme de algún modo, necesitaría de un milagro. Cuando insisto en que no estoy preparado y en que tengo que cambiar antes, lo que estoy diciendo es que quiero hacer yo mismo ese milagro. El instante santo es la fuente de los milagros. Cuando necesito un milagro, el instante santo es el lugar en el que hay que estar. Esperar el milagro antes de ir allí es realmente una terca resistencia y aferrarse al ego; es rechazar la eliminación del problema evitando la solución.

Según examinamos estos ejemplos específicos uno por uno, el significado de comprender que no podemos hacer más que estar dispuestos se convierte en algo obvio. Cualquier intento por nuestra parte de hacer algo para prepararnos a nosotros mismos para el instante santo es realmente una forma de evitarlo.

La preparación para el instante santo le corresponde a Aquél que lo da. Entrégate a Aquél Cuya función es la liberación. No usurpes Su función. Dale sólo lo que él te pide, para que puedas aprender cuán ínfimo es tu papel, y cuán grande el Suyo (6:5-8).

Pensar Que Debemos Expiar Nuestros Pecados

Esta es sólo otra forma de culpa, o de sentirse indigno, o tratar de prepararnos a nosotros mismos. Intentamos expiar de muchas maneras: dando cumplida satisfacción a las personas que hemos agraviado; llorando de remordimiento; meditando durante una hora; castigándonos con enfermedades o sacrificios; o flagelando nuestras mentes. Nada de esto es necesario para el instante santo. Dar cumplida satisfacción, enmendarse, quizás puede ser el resultado del instante santo, pero no es necesario expiar nuestros pecados antes del instante santo, y tratar de hacerlo sólo nos mantendrá alejados de él (5:6,7).

Creer Que Primero Tenemos Que Entender

Este es un pensamiento muy sutil. Creemos que nuestro entendimiento es una poderosa contribución a la verdad (7:5-7). Estamos convencidos de que tenemos que entender qué es el instante santo y cómo funciona antes de poder experimentarlo. Estamos equivocados. ¡No tenemos que entender nada! El instante santo trae la paz, y entendimiento sin paz es imposible (T-14.XI.12:4). No podemos entender verdaderamente antes de haber experimentado la paz del instante santo. Esperar a entender es, de nuevo, otra forma que el ego tiene de mantenernos apartados del instante santo, otro intento de darnos a nosotros mismos lo que nos da el instante santo.

Entramos en el instante santo cuando aceptamos que no entendemos nada, y pedimos que se nos enseñe. Tratar de entender por nuestra cuenta es tanto arrogante como frustrante. Nos sentimos cerrados a la paz porque no entendemos cómo conseguirla. Luchamos, rezamos, agonizamos, tratando de entender de forma que podamos conseguir el instante santo. No podemos entender sin el Espíritu Santo. Nos estamos pidiendo a nosotros mismos lo imposible. Pero el instante santo no requiere nada que no puedas dar en este momento (7:7). En este mismo momento cualquiera de nosotros puede reconocer que no entendemos y pedir el entendimiento. En este mismo momento cualquiera de nosotros puede decir: Estoy dispuesto a que mis pensamientos sombríos sean disueltos, aunque no entiendo cómo puede ocurrir ésto. Y esto es todo lo que se nos pide: deseo y disposición, e incluso éstos no tienen que ser firmes o perfectos.

Pensar Que El Instante Santo Es Difícil

El instante santo es un gran asunto, cierto. No es el territorio de los santos avanzados de Dios. Es para todo el mundo. Es accesible desde los niveles inferiores; no hay escalones que subir. Todo lo que se necesita para el instante santo es que dejemos de tratar de alcanzarlo y nos limitemos a aceptarlo, dejando de intentar hacer algo para que ocurra y, simplemente, abandonarnos en las manos del Espíritu Santo. El instante santo es así de sencillo y natural (7:1).

Si pensamos que es difícil, eso nos habremos enseñado a nosotros mismos (8:1). Hemos elegido verlo como algo difícil porque no queremos cederle al Espíritu Santo el control (imaginario) de nuestras vidas (8:2). s una manifestación de nuestra creencia central en los grados de dificultad, la primer ley del caos ((T-23.II.2). Ver el instante santo como algo difícil -ver cualquier cosa como difícil- es un signo de que estamos escuchando al ego. Nos hemos identificado con el deseo del ego de ser el árbitro de lo que es posible y de lo que no lo es (8:2).

Todo lo que se requiere para el instante santo ya ha ocurrido (8:4). Por lo tanto, no puede ser difícil. No queda nada más que nuestra aceptación de él, permitir que ocurra, abrirnos a él; únicamente nuestra disposición para recibirlo. ¡Vemos tantas barreras! Pensamos que han ocurrido demasiadas cosas en el camino, pero en realidad nunca ocurrieron. Sólo en tu mente, que pensó que ocurrió, está su necesidad de deshacer (8:7). Y esto es exactamente lo que el instante santo hace: deshace nuestra creencia en las barreras. Deshace el pasado en el presente. Nos pone en libertad.

Pensa Que Necesitamos Distinguir La Verdad De La Ilusión

Nuestra mente está llena de preguntas del estilo de: ¿Cómo puedo distinguir el Espíritu Santo del ego?, ¿Cómo puedo saber si realmente tuve un instante santo?. Pienso que tenemos que saber cómo distinguir verdad de ilusión antes de poder reconocer el instante santo. De nuevo, una táctica dilatoria del ego. La respuesta del Curso a este inconveniente es muy clara:

Si ya entendiese la diferencia que existe entre la verdad y las ilusiones, la Expiación no tendría objeto. El instante santo, la relación santa, las enseñanzas del Espíritu Santo y todos los medios por los que se alcanza la salvación no tendrían ningún propósito (T-18.V.1:2,3).

En otras palabras, enseñarte la diferencia entre verdad e ilusión es para lo que está el instante santo. Si ya conocieses la diferencia, no necesitarías el instante santo. Ser incapaz de distinguir entre verdad e ilusión, por lo tanto, no es algo que pueda mantenerte apartado del instante santo. Ello sólo muestra tu necesidad de él. Una vez más estamos tratando de hacer por nuestra cuenta lo que únicamente el instante santo puede hacer por nosotros. Nuestra razón para permanecer afuera es una razón para llegar adentro.

Tratar De Evaluar Nuestro Progreso

El deseo de saber ¿cómo lo estoy haciendo? es otra forma engañosa del ego para que entremos en su sistema de pensamiento. Está basada, claramente, en el pensamiento de que tengo que hacer algo, de que hay una escalera de ascenso hasta el instante santo, que alcanzar el instante santo depende de mi acumulación de éxitos o créditos en el plan de estudios santo. No hay grados de dificultad, ni escalones que ascender. Si no hay escala de progreso, ¿cómo puedo estimar en qué punto de esa escala me encuentro?

No podemos distinguir la diferencia entre progreso y receso. Has considerado algunos de tus mayores avances como fracasos, y has evaluado algunos de tus peores retrocesos como grandes triunfos (T-18.V.1:5,6). El mensaje es claro. Paremos de intentar evaluar nuestro desarrollo. Limitémonos a seguir yendo al instante santo, y dejemos que sea el Espíritu Santo el juez de nuestro avance o retroceso. Dejemos de querer estar a cargo de nuestra clase y nuestro nivel; dejemos que el Maestro haga Su trabajo.

El Único Requisito

Las afirmaciones en cursiva en 5:8-13 representan la esencia de esta lección:

Yo que soy anfitrión de Dios, soy digno de él.
Aquel que estableció Su morada en mí la creó como él quiso que fuese.
No es necesario que yo la prepare para él, sino tan sólo que no interfiera en Su plan para reinstaurar en mí la conciencia de que estoy listo, estado éste que es eterno.
No tengo que añadir nada a Su plan.
Mas para aceptarlo, tengo que estar dispuesto a no substituirlo por el mío.

Reconociendo que nuestra dignidad proviene de Dios, no nos esforzamos en prepararnos para el instante santo. Aceptamos que Dios nos creó ya preparados para él. Dejamos ir cualquier forma de hacer nada; aceptamos que no tenemos que hacer ninguna contribución excepto nuestra disposición a recibir. Le abrimos nuestros corazones y decimos Sí.

Y esto es todo. Añade algo más y habrás echado por la borda lo poco que se te pide (6:1,2).

El instante santo es para todo el mundo. Está disponible en este momento. Todo lo que tengo que hacer es desearlo, y estar dispuesto a que venga a mí, estar dispuesto para la sanación de mi mente que traerá consigo. Parar todo lo demás por un momento, aquietar mi interior y decir: Ven. Puede ser así contigo. Puede ser así conmigo.


1. He traducido Willingness como Buena Voluntad y como Disposición a/hacia, dependiendo del contexto, pero en todos los casos el significado es el mismo: nuestra disposición a recibir el instante santo, nuestra voluntad de vivirlo.

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