¿Qué es un milagro? Comentario sobre ¿Qué es un Milagro?

by Allen Watson

Un milagro es una corrección. No crea, ni cambia realmente nada en absoluto. Simplemente contempla la devastación y le recuerda a la mente que lo que ve es falso. Corrige el error, mas no intenta ir más allá de la percepción, ni exceder la función del perdón. Se mantiene, por lo tanto, dentro de los límites del tiempo. No obstante, allana el camino para el retorno de la intemporalidad y para el despertar del amor, pues el miedo no puede sino desvanecerse ante el benevolente remedio que el milagro trae consigo. (L-pII.Pregunta 3.1)

El milagro corrige, no crea. No hace nada nuevo, simplemente hace un ajuste a una evaluación errada de lo que ya es. Como dice la Lección 341, ya somos inocentes. No hace falta que lleguemos a ser inocentes. Lo único que necesitamos hacer es poner fin al ataque a nuestra propia inocencia. Pensamos en el milagro como si fuera un cambio asombroso en la forma que son las cosas. Pero un milagro, según la manera de ver del Curso, no cambia nada. Simplemente quita la percepción falsa. Remueve la apariencia externa de pecado y culpa con que hemos recubierto nuestra inocencia, y revela la inocencia inmutable que hemos intentado ocultar. Un milagro muchas veces tiene efectos externos, aunque no siempre:

Los milagros son expresiones de amor, pero puede que no siempre tengan efectos observables. (T.1.I.35.1:)

Cuando hay tales efectos, algo en la ilusión parece cambiar, muchas veces drásticamente. Alguien que estuvo enfermo mejora. Dos personas en guerra hacen las paces de repente. Sin embargo ese es el efecto del milagro, no el milagro en sí. El efecto simplemente revela en la forma lo que siempre ha sido verdad en realidad – la persona "enferma" siempre estaba íntegra, los amigos "en guerra" siempre estaban unidos como una sola mente. El efecto observable nos muestra que la forma nunca había sido real en primer lugar; pero el milagro es la percepción que lo vio antes de que fuera un efecto observable, y al darse cuenta de la falsedad de la ilusión, cambió la ilusión.

El milagro "simplemente contempla la devastación y le recuerda a la mente que lo que ve es falso" (1:3).

El milagro observa la ilusión, y le hace recordar a la mente que es una ilusión. Vemos la "devastación" en este mundo, pero el milagro nos recuerda que lo que vemos es falso. Vemos a la mente de la persona retorcida de culpa: el milagro nos recuerda que la culpa es tan irreal como sus efectos aparentes, y nos permite ver la integridad de la persona y la inocencia detrás de la ilusión que presentan al mundo.

El milagro "corrige el error, mas no intenta ir más allá de la percepción, ni exceder la función del perdón" (1:4) Un milagro se relaciona con la percepción, y no con la revelación directa. Causa un cambio en mi percepción, deshaciendo mis errores perceptuales. "El contenido perceptual de los milagros es la plenitud. De ahí que puedan corregir, o redimir la errada percepción de carencia" (T-1.I.1:1-2).

Cuando mi mente tiene la experiencia de un milagro, yo veo plenitud en lugar de carencia. Con respecto al "pecado," que es una percepción de falta de amor en alguien, el milagro causa que vea su amor en lugar de su "pecado." Lo veo pleno, en lugar de carente. El milagro deshace mi error, pero no intento ira más allá de ello. Los milagros ocurren dentro del contexto de la percepción y del tiempo; no tratan de llevarme al dominio del conocimiento y de la eternidad. Corrigen mi percepción pero no dan conocimiento. "Se mantiene, por lo tanto, dentro de los límites del tiempo" (1:5). El Curso repite este punto una y otra vez; debe ser importante ¿Qué es lo que lo hace importante para nosotros? Esto: cuando recurrimos a un camino espiritual, podemos volvernos demasiado ansiosos. Queremos que un milagro traduzca inmediatamente al reino de puro espíritu. Queremos todo ya. Pero no podemos hacer una transición directamente de la percepción falsa al conocimiento puro. Tenemos que pasar por la etapa de la percepción corregida. No podemos saltear pasos. El Texto lo dice claramente: "la percepción tiene que ser corregida antes de que puedas llegar a saber nada" (T-3.III.1:2). Para eso son los milagros: para corregir nuestra percepción.

Una vez que nuestra percepción se corrige, Dios nos puede llevar el resto del camino, desde la percepción al conocimiento. "Una percepción redimida se convierte fácilmente en conocimiento, pues sólo la percepción puede equivocarse y la percepción nunca existió." (T-12.VIII.8.6)

"No obstante, [el milagro] allana el camino para el retorno de la intemporalidad y para el despertar del amor, pues el miedo no puede sino desvanecerse ante el benevolente remedio que el milagro trae consigo" (1:6).

El "benevolente remedio" del milagro, al corregir nuestra percepción, "allana el camino" para un retorno al conocimiento total. Sin deshacer nuestra falsa percepción, resistiremos el conocimiento y rechazaremos el amor; le tendremos miedo.

Nuestra percepción retorcida del amor, por ejemplo, cree que el amor significa sacrificio, y que el amor total significaría sacrificio total. Por lo tanto nos escapamos de él; le tememos. Hace falta cambiar tales percepciones antes siquiera de tener la voluntad de permitir que el amor verdadero despierte en nosotros. Debido a que el milagro quita el miedo, abre el camino al amor. Pone fin a nuestra resistencia; remueve la interferencia.

Párrafo 2

En el milagro reside el don de la gracia, pues se da y se recibe como uno. Y así, nos da un ejemplo de lo que es la ley de la verdad, que el mundo no acata porque no la entiende. El milagro invierte la percepción que antes estaba al revés, y de esa manera pone fin a las extrañas distorsiones que ésta manifestaba. Ahora la percepción se ha vuelto receptiva a la verdad. Ahora puede verse que el perdón está justificado. L-pII.13.2:1-5

Una de las lecciones que más se repiten en todo el Curso es que dar y recibir son lo mismo: "Dar y recibir son en verdad lo mismo" (L-pI.108.Título). Esta lección, una de las más básicas que el Espíritu Santo nos quiere enseñar (es la primera lección del Espíritu Santo en el Capítulo 6: "Para poder tener, da todo a todos—" T-6.V(A).5:13), es también uno de los más difíciles de aprender porque es la antítesis de nuestra forma normal de pensar.

"En el milagro reside el don de la gracia, pues se da y se recibe como uno" (2:1).

Para recibir un milagro, lo debemos dar; para darlo, debemos recibirlo. Recibir un milagro y dar un milagro son una sola cosa, no dos. La mayoría nos enroscamos tratando de descifrar si debo perdonarme a mí mismo primero para poder perdonar a otro, o si tengo que perdonar primero a la otra persona antes de poder perdonarme yo. La respuesta es, ninguna de las dos, y ambas cosas.

Para poder perdonarte tienes que perdonar a la otra persona, pero para perdonar a la otra persona, debes perdonarte. Es lo mismo. Parecen ser dos acciones distintas pero no lo son; son una sola acción porque mi hermano y yo somos un solo Ser. Muchas veces parecerá, dentro del tiempo, que una precede a la otra, pero en realidad, ambas suceden simultáneamente. "Y así, nos da un ejemplo de lo que es la ley de la verdad, que el mundo no acata porque no la entiende" (2.2). La "ley de la verdad" es, creo, la misma que la "ley del amor" que se menciona en el título de la Lección 344: "lo que le doy a mi hermano es el regalo que me hago a mí mismo." Si nos apropiáramos de este único pensamiento completamente, estaríamos ya fuera de todo esto, poniéndole fin al programa de estudios.

Un milagro nos da un ejemplo de la ley de la verdad; nos da una representación gráfica y una demostración de ella. Cuando le doy un milagro a un hermano, estoy observando su devastación y dándome cuenta que lo que veo es falso (1:3). Estoy viendo su plenitud en lugar de la ilusión de su carencia. Cuando yo veo eso en otra persona les hace recordar que lo vean por sí mismos, si lo desean. Y cuando ellos reciben el milagro, recibo una bendición. Recuerdo quien soy. El mundo no obedece esta ley, ni lo entiende. Desaprender el modo de pensar del mundo acerca de este tema es lo que el Curso llama "el des-hacimiento del concepto de obtener" (T-6.V(B).3:1). A esto lo llama el primer paso en la inversión de nuestro pensamiento del ego. Los milagros son importantes para nosotros porque ilustran esta ley; nos ayudan a conocer, por experiencia, que dar es recibir; que yo preservo lo que quiero al darlo.

Entonces las percepciones que he aprendido del ego están al revés; un milagro invierte esas percepciones y las endereza de nuevo. Tal vez esta sea una referencia a la forma en que funciona la vista física. En la vista física, la imagen proyectada por la lente de nuestros ojos sobre la retina en realidad está al revés. La mente literalmente aprende a ver la imagen al revés como una imagen enderezada. En un experimento en que se entregaron anteojos que invertían la imagen, de modo que quedaba enderezada en la retina, la mente vio todo al revés. Después de unos días, sin embargo, la mente se ajustó y vio todo enderezado de nuevo.

Cuando se quitaron los anteojos, esa gente ahora veía las cosas al revés. La percepción que lo que doy lo pierdo, por ejemplo, es totalmente al revés; la verdadera percepción me demuestra que lo que doy lo preservo. Percibimos lo que es falso, pero la mente ha aprendido a interpretarlo como la verdad. Vemos ilusiones y pensamos que son reales; creemos que la realidad es la ilusión. Tememos el amor, y amamos el miedo. Pensamos que la culpa es buena, y que la inocencia es culpabilidad. Un milagro invierte todo esto; corrige nuestra percepción, invirtiendo nuestra comprensión. El cambio en la percepción es lo que pone fin a las extrañas distorsiones que ésta manifestaba (es decir, que aparezcan en la forma).

"Ahora la percepción se ha vuelto receptiva a la verdad" (2.4). Cuando el milagro invierte mi percepción, y pone fin a la distorsión, soy capaz de percibir la verdad de nuevo (o su reflejo preciso). Hasta que la percepción se corrija, la verdad no puede entrar. "Ahora puede verse que el perdón está justificado" (2.5). Ésta tal vez sea la inversión más dramática de todas. Una de las ideas más radicales en el Curso es que el perdón está justificado. Si pensamos en el perdón desde la perspectiva del ego, suponemos que es dejar que alguien salga del atolladero sin motivo, "de lo bondadosos que somos." El Curso dice que hay razones de sobra para perdonar. Está plenamente justificado (ver T-30.VI.2:1). Lo que es injustificable es el juicio, la condena, y el enojo (ver T-30.VI.1:1). Esto no es algo que simplemente se aprende o al que uno llega por lógica (aunque sea totalmente lógico).

Cuando vemos nuestra condena de alguien como algo justificado, esa es sólo la forma en que lo interpretamos. Tratar de razonar hasta que lo veamos distinto no funciona. Tampoco podemos convencernos que "deberíamos" hacerlo. Si tratamos de forzarnos a "perdonar" mientras todavía vemos culpa, vamos a sentir que nos estamos traicionando. Al dar la percepción al Espíritu Santo y pedir ver como Él, Él te otorga Su percepción. Sencillamente salta a la mente. De repente ya no ves (literalmente) ningún motivo para condenar, mas razones de sobra para dar amor. Tu enojo, perfectamente justificado hace un momento, ahora parece impensable. Es como el cambio que ocurre al mirar un cuadro de Ojo Mágico (donde se oculta una imagen de 3-D en un cuadro de dos dimensiones) o de ilusión óptica (como en la que se puede ver alternativamente tanto una copa de vino como dos caras mirándose). Lo ves de una manera; de repente lo ves de la otra manera. Y cuando lo ves de una manera no lo puedes ver de la otra. Así mismo es el milagro. Invierte tu percepción. Lo veías de una manera; ahora lo ves de la otra. No puedes "hacer" que suceda, pero cuando sucede, te das cuenta.

Párrafo 3

El perdón es la morada de los milagros. Los ojos de Cristo se los ofrecen a todos los que Él contempla con misericordia y con amor. La percepción queda corregida ante Su vista, y aquello cuyo propósito era maldecir tiene ahora el de bendecir. Cada azucena de perdón le ofrece al mundo el silencioso milagro del amor. Y cada una de ellas se deposita ante la Palabra de Dios, en el altar universal al Creador y a la creación, a la luz de la perfecta pureza y de la dicha infinita. L-pII.13.3:1-5

Un milagro corrige la percepción, y los milagros viven en el perdón. Cuando miramos con los ojos de Cristo, vemos con compasión y en amor; vemos con perdón. Y luego "entregamos" milagros a todos los que vemos con esta percepción corregida. No es sólo que algo cambia dentro de la mente, no es sólo que se altera nuestra percepción: hay algo que se comunica o "entrega" desde nosotros a aquellos a quienes miramos. Según esto, y en muchos lugares en el Curso, un milagro parece incluir un aspecto en que algo pasa desde mi mente que perdona a la mente de otros. Se dice que los milagros son "interpersonales" (T-1.II.1:4).

Cuando acepto el perdón en mi mente, para mí u otro, se extiende a otros. De hecho, es al extenderlo que lo acepto:

"Los milagros son expresiones naturales de perdón. Por medio de los milagros aceptas el perdón de Dios al extendérselo a otros." (T-1.I.21:1-2)

La frase "aquello cuyo propósito era maldecir tiene ahora el de bendecir" me hace acordar la historia de la Biblia, la de José y sus hermanos. Debido a que José era el favorito del padre, sus hermanos, celosos, lo vendieron como esclavo en Egipto. Pero José, debido a su habilidad de interpretar los sueños del Faraón, ascendió al poder en Egipto. Muchos años después, en una hambruna, su familia llegó a Egipto buscando alimento, y José era el hombre que controlaba el suministro de alimentos. En lugar de tomar venganza, José les dijo:

Dios me envió para preservar la vida… no fueron ustedes los que me enviaron aquí, sino Dios… Ustedes quisieron hacerme un mal, pero Dios lo convirtió en un bien. (Gen 45:5, 8; 50:20)

Cuando verdaderamente hemos recibido el perdón en el corazón, podremos ver las bendiciones aun en las acciones de los demás que tienen intención de lastimar. "Aquello cuyo propósito era maldecir tiene ahora el de bendecir." Encontramos que, como dice el Texto:

"Debes estarle agradecido tanto por sus pensamientos de amor como por sus peticiones de ayuda [es decir, lo que normalmente vemos como sus ataques], pues ambas cosas, si las percibes correctamente, son capaces de traer amor a tu conciencia" (T-12.I.6.2).

Y esa clase de percepción es ciertamente un milagro.

"Cada azucena de perdón le ofrece al mundo el silencioso milagro del amor" (3:4).

El amor es el verdadero milagro. "Los milagros ocurren naturalmente como expresiones de amor.

El verdadero milagro es el amor que los inspira. En este sentido todo lo que procede del amor es un milagro" (T-1.I.3:1-3).

El símbolo de la azucena representa un regalo de perdón que le ofrezco a un hermano o hermana. Cada vez que ofrezco este regalo, estoy ofreciendo el Amor de Dios al mundo entero. Estoy abriendo una compuerta y permitiendo que el Amor fluya al mundo a través mío. Por donde pase ese río de Amor, surge la vida; y ese es el milagro. "Y cada una de ellas [azucena] se deposita ante la Palabra de Dios, en el altar universal al Creador y a la creación, a la luz de la perfecta pureza y de la dicha infinita" (3:5). Mi regalo de perdón que doy a mi hermano también es un regalo a Dios. Mi gratitud a mis hermanos es mi regalo a Dios. Al reconocer Su creación, Lo reconozco a Él. La apertura a esta corriente de Amor es la fuente de perfecta pureza y dicha infinita. No hay nada tan dichoso como un corazón amoroso.

Párrafo 4

Al principio el milagro se acepta mediante la fe, porque pedirlo implica que la mente está ahora lista para concebir aquello que no puede ver ni entender. No obstante, la fe convocará a sus testigos para demostrar que aquello en lo que se basa realmente existe. Y así, el milagro justificará tu fe en él, y probará que esa fe descansaba sobre un mundo más real que el que antes veías: un mundo que ha sido redimido de lo que tú pensabas que se encontraba allí. L-pII.13.4:1-3

Fe. Sí, Un Curso de Milagros pide fe, por lo menos al principio. "Al principio el milagro se acepta mediante la fe." Este es un significado bastante tradicional que de la palabra "fe." El Diccionario lo define como "Creencia que no descansa en una prueba lógica ni evidencia material." Y eso es lo que se nos pide. Se nos pide que recibamos el milagro (el cambio de percepción, la visión de la inocencia de nuestro hermano) sin ninguna "prueba o evidencia material." Se nos pide que observemos la devastación (como la enfermedad, o el daño causado por las acciones no amorosas de alguien) y que creamos que lo que vemos es falso – sin "evidencia material."

Esto no es fácil de hacer, creer en algo que no podemos ver. Sin embargo, si nuestra percepción falsa nos ha cegado para no ver la realidad, y lo que ahora percibimos son proyecciones de nuestras propias mentes en lugar de la verdad, entonces obviamente la verdad es ahora algo que no vemos. Y considerando que es la mente la que elige ver lo que vemos, la mente debe cambiar antes de que podamos percibir correctamente. Debemos elegir un cambio en la mente antes de poder ver la evidencia, porque, a fin de que el milagro se manifieste, la mente debe primero "estar … lista para concebir aquello que no puede ver ni entender". En otras palabras, debemos elegir con fe; debemos decidir que deseamos ver algo que no vemos ahora y algo que no podemos entender.

Esto me recuerda mucho esas primeras lecciones en el Libro de Ejercicios, Lecciones 27 y 28: "Por encima de todo quiero ver" y "Por encima de todo quiero ver las cosas de otra manera". Esa es la elección que hay que tomar antes de poder ver. Debemos querer ver a fin de poder ver. Esa es la fe de la que se habla acá. Es una elección, una decisión que tomamos. Debemos querer ver la inocencia de nuestro hermano. Debemos querer sólo el amor. Debemos tener la voluntad de ver las cosas de otra manera. Solo entonces veremos los milagros. Debe haber fe antes que un milagro: el deseo de verlo, la elección de pedir lo que ahora no podemos ver, y creer que es falso lo que nos muestra nuestra percepción generada por el ego. Pero cuando esa fe surge, cuando nos volvemos orientados hacia los milagros, esa fe producirá su propia reivindicación:

"No obstante, la fe convocará a sus testigos para demostrar que aquello en lo que se basa realmente existe" (4:2).

Cuando pongo mi fe en un milagro, habrá evidencia/testigos/pruebas de que realmente existe aquello en lo que he puesto mi fe. Por ejemplo, cuando tengo la voluntad de mirar más allá del ego de mi hermano y veo la llamada de Dios en él, algo sucederá que me demuestra que el pedido de Dios en él realmente está ahí. Tal vez mi perdón causará su gratitud. A lo mejor mi respuesta de amor se retribuirá con más amor. Quizá veré un destello de luz en alguien que nunca hubiese sospechado. La fe traerá sus testigos.

"Y así, el milagro justificará tu fe en él, y probará que esa fe descansaba sobre un mundo más real que el que antes veías: un mundo que ha sido redimido de lo que tú pensabas que se encontraba allí" (4:3).

Mi voluntad de creer en la presencia del amor me mostrará la presencia del amor. Veré lo que elijo ver. Veré que el mundo del espíritu es más real que el mundo de mera materia. La enfermedad dará paso a la salud. La tristeza será reemplazada por dicha. El miedo se transformará en amor. Y donde pensé que veía pecado y maldad, veré santidad y bondad.

Es la transformación de mi mente la que causa un mundo diferente. Es mi tendencia a invitar al milagro la que abre el camino para que suceda. Los cambios que veo en el mundo no son el milagro; son sus efectos. El milagro trae sus testigos; revela un mundo distinto del que pensé que era. Primero, sin embargo, el cambio de mentalidad, la fe. Luego los testigos de la fe, que la justifican, la validan.

Párrafo 5

Los milagros son como gotas de lluvia regeneradora que caen del Cielo sobre un mundo árido y polvoriento, al cual criaturas hambrientas y sedientas vienen a morir. Ahora tienen agua. Ahora el mundo está lleno de verdor. Y brotan por doquier señales de vida para demostrar que lo que nace jamás puede morir, pues lo que tiene vida es inmortal. L-pII.13.5:1-4

En imágenes escuetos, esta sección se refiere a nuestro mundo como "un mundo árido y polvoriento, al cual criaturas hambrientas y sedientas vienen a morir" (5:1). El Curso dice, más de una vez, que vinimos a este mundo a fin de morir; buscamos la muerte al venir a un lugar donde todo muere. Por ejemplo, "Viniste a morir, por lo tanto, ¿qué puedes esperar, sino percibir los signos de la muerte que buscas?" (T-29.VII.5.2) "El factor motivante de este mundo no es la voluntad de vivir, sino el deseo de morir" (T-27.I.6.3). Vinimos debido a la culpa, creyendo en nuestro propio pecado y buscando nuestro propio castigo. Vinimos porque de alguna manera, en la lógica retorcida del ego, la muerte es la prueba suprema de nuestro éxito al separarnos de Dios. Hicimos este mundo como un lugar en el cual morir, y luego vinimos a morir en él.

Pero los "milagros son como gotas de lluvia regeneradora que caen del Cielo" sobre esta tierra reseca que hemos fabricado, y los milagros lo convierten en un paraíso.

"Ahora tienen agua [las criaturas hambrientas y sedientas, que somos nosotros]. Ahora el mundo está lleno de verdor" (5:2-3).

Por lo tanto los milagros transforman el mundo de muerte que fabricamos en un lugar de vida. El Capítulo 26 del Texto, en la Sección IX (Pues Ellos han llegado) extiende las mismas imágenes:

"La sangre del odio desaparece permitiendo así que la hierba vuelva a crecer con fresco verdor, y que la blancura de todas las flores resplandezca bajo el cálido sol de verano. Lo que antes era un lugar de muerte ha pasado a ser ahora un templo viviente en un mundo de luz. Y todo por Ellos. Es Su Presencia la que ha elevado nuevamente a la santidad para que ocupe su lugar ancestral en un trono ancestral. Y debido a Ellos los milagros han brotado en forma de hierba y flores sobre el terreno yermo que el odio había calcinado y dejado estéril. Lo que el odio engendró Ellos lo han des-hecho. Y ahora te encuentras en tierra tan santa que el Cielo se inclina para unirse a ella y hacerla semejante a él. La sombra de un viejo odio ya no existe, y toda desolación y aridez ha desaparecido para siempre de la tierra a la que Ellos han venido" (T-26.IX.3:1-8).

Nos abrimos a los milagros cuando nos abrimos al perdón y al amor, cuando nos abrimos a Dios. "Ellos" en este Texto se refieren a la faz de Cristo (la visión de la inocencia de nuestros hermanos) y la memoria de Dios. Cuando nos permitimos ver la faz de Cristo en nuestros hermanos, la memoria de Dios regresa a nosotros. Cuando ello sucede, la tierra "calcinada y estéril" de este mundo se transforma en un jardín, un reflejo del Cielo.

A medida que abrimos nuestras vidas a los milagros, el mundo se transforma. "Y brotan por doquier señales de vida para demostrar que lo que nace jamás puede morir, pues lo que tiene vida es inmortal" (5:4).

Los milagros demuestran la inmortalidad. No la inmortalidad del cuerpo, sino la inmortalidad del amor, que es lo que somos ["Enseña solamente amor, pues eso es lo que eres." (T-6.I.13.2) "Sólo lo eterno puede ser amado, pues el amor no muere." (T-10.V.9.1)] Es la inmortalidad del pensamiento, y el Curso también enseña que nosotros somos el eterno Pensamiento de Dios, inmutable. El Curso afirma con audacia que la muerte no existe, que la vida y la inmortalidad son sinónimos ("lo que tiene vida es inmortal"). Mediante esa lógica, entonces, el cuerpo no debe tener vida, porque no es inmortal, y por eso el Curso enseña: "No nace ni muere" (T-28.VI.2.4). "El cuerpo ni vive ni muere porque no puede contenerte a ti que eres vida" (T-6.V.A.1.4).

Los milagros nos demuestran que no somos cuerpos, que la mente es más fuerte que el cuerpo o que es primario:

"Si la mente puede curar al cuerpo, pero el cuerpo no puede curar a la mente, entonces la mente tiene que ser más fuerte que el cuerpo. Todo milagro es una demostración de esto" (T-6.V.A.2:6-7).

Nos demuestra lo que somos — mente, pensamiento, idea, amor — tiene vida y es inmortal.

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